Dieflores
suicidio virtual

No creo que se asemeje demasiado a la idea de utilizar una cuerda sumando el nudo de la orca en el cuello, mucho menos a utilizar balas calibre 9 directo a la cien o simplemente, como normalmente ocurre en mi pueblo, un gran piquero al tren.

Pero de que espanta, aterroriza y preocupa a la gente. El suicidio virtual, lo cumple al ciento por ciento.

Me toma tiempo pensar e imaginar lo vacío que es un mundo donde la muerte no existe, donde podrías navegar eternamente, aun así, sin alma y sin tu conciencia viva (sea esta, egoísta o conectada con el ser), siendo  solo números, datos y pixeles dando vueltas por ahí, quizá quien sabe, en que cable de alta velocidad o vía wireless.

Tu imagen tomada y violada, tu vida enfrascada y utilizada para rellenar un espacio fragmentado. Un mundo tan predecible y sin paradojas que ni siquiera la muerte preocupa. Como en el mundo físico en que vivimos a diario, donde no sabemos si fallecer es una condena o el regalo mas lindo que nos podría ceder la creación.

Nunca tuve ideas, pensamientos o motivaciones suicidas, aunque haciendo un mea culpa, muy bien sé que en el ámbito de la autodestrucción soy un experto. Es materia viva y de estilo de vida dentro de mí, dentro de un estereotipo del vivir, que aunque me duela, debo reconocer que fue meramente tomada de alguna publicidad o directamente de un programa de televisión. Campañas de mucho éxito, y que a muchos dentro de los de nuestra generación, nos vendió un producto llamado: sexo, drogas y rock and roll.

Recuerdo el día en que descubrí y leí a Neruda, recuerdo cuando escuche y supe de la vida de Víctor jara, recuerdo nítidamente la historia de Manuel rodríguez y sus acciones para la independencia de este país, recuerdo el día que supe que habían fronteras que cruzar, recuerdo el día en que vi la llegada del hombre a la luna, recuerdo el documental “seven age of rock”, recuerdo  el degollamiento de Nick Berg, recuerdo la caída de dos grandes gemelos los cuales trajeron consigo el nacimiento de dos grandes competidores, uno llamado Google y su rival tildado de Facebook, recuerdo claramente muchas cosas de la vida y muchas cosas que pasaron por frente de mi, ante los abiertos y atentos ojos de los cuales siempre me caractericé. Muchos personajes y muchas historias, muchas acciones físicas y reacciones intangibles, que aunque raro, difuso y estúpido parezca no son parte de mi vida.

Sentado frente a una pantalla descubrí un mundo increíble sin fronteras y de fácil acceso.

Sentado frente a una pantalla descubrí que tengo más cosas que hacer que por seguir viendo en ella misma

Sentado frente al gran hermano descubrí que debo suicidarme virtualmente y salir a la calle, al campo, al mar, al centro de la tierra e intentar tener una historia que contar, escribir o grabar. Esperando que algún día, alguien la vea frente a su pantalla y se motive a vivir su propia instancia en este magnifico universo.

lo que uno piensa afecta a todo el mundo

Biología Trascendental

Nuestras ideas y actitudes 

podrían influir a distancia 

sobre otras personas sin que

nos demos cuenta. 

Las incisivas hipótesis  de Rupert  Sheldrake han hecho despertar de su letargo a la

biología convencional. Su prestigioso historial incluye el haber sido director de estudios de

biología celular v bioquímica en la Universidad de Cambridge e investigador miembro de

la Roval Society británica, pero cuando, tras darle muchas vueltas, publicó en 1981 UNA 

NUEVA CIENCIA DE LA VIDA dividió a la comunidad científica en ofendidos y entusiastas. La 

seria revista Nature no tuvo reparo en clamar que el libro era «uno de los  mejores

candidatos a la hoguera en muchos años» y «definitivamente… una aberración

intelectual». También Galileo y Darvvin fueron objeto de ataques y burlas en su día, antes

de que se les encumbrara a héroes de la ciencia.

Nacido en 1942, durante varios años Sheldrake ha repartido su tiempo entre el dar 

conferencias, escribir en Inglaterra y el trabajo en el Instituto de Investigación Agrícola de 

Hiderabad, en la India. En el milenario sub-continente  Sheldrake también «amplió»

estudios, conviviendo en el Shantivanam Ashram junto al Padre 

Bede Griffiths, un moderno sabio  cristiano. Allí se gestaron sus hipótesis, que  no son 

místicas, sino muy científicas, aunque algunos se resistan a aceptarlo; el propio Sheldrake

ha sugerido sencillos experimentos que de no funcionar invalidarían su trabajo  —de

momento, los experimentos realizados lo apoyan—. 

La hipótesis central  de Sheldrake, la “Resonancia Mórfica”, postula que cada especie 

tiene un «campo» de memoria propio. Este campo estaría constituido por las formas  y actitudes de todos los individuos pasados de dicha especie, y su influencia moldearía a 

todos sus individuos futuros: 

«Cada especie animal, vegetal o mineral posee una memoria colectiva a la que 

contribuyen todos los miembros de la especie y a la cual conforman. Si un animal 

aprende un nuevo truco en un lugar (por ejemplo, una rata en Londres), les es más 

fácil aprender a las ratas en Madrid el mismo truco. A cuantas más ratas 

londinenses se les enseñe ese truco, canto más fácil y rápido les resultará a las 

ratas de Madrid aprenderlo.» 

Ello permitiría explicar cómo adquieren los animales sus instintos, incluidas las 

complejísimas habilidades que muestran algunos animales desde pequeños. 

También explicaría cómo se reproduce la forma de un organismo de generación en 

generación. El código genético sólo describe los aspectos menos sutiles de la herencia, 

pero no puede explicar por qué determinadas células de nuestro embrión se han 

diferenciado dando lugar a una oreja, un ojo, el dedo gordo del pie izquierdo, determinado 

tejido intestinal, etc. Según Sheldrake, adquiriríamos la forma que reconocemos como 

humana porque las formas de todos los miembros pasados de nuestra especie 

«resuenan» en nosotros, como ondas en un estanque, organizando la vía de nuestro 

crecimiento. A la vez, nosotros incorporamos nuestra forma a la memoria colectiva de la 

especie, engrosándola e incrementando así su influencia. Y al igual que las formas 

«resonarían» todo tipo de instintos y actitudes. 

Estos hábitos de organización serían inherentes a coda la naturaleza. Por ejemplo, si 

elaboramos un nuevo compuesto químico, debería ser más fácil obtenerlo en otros 

laboratorios a medida que transcurre el tiempo, porque cuantas más veces haya 

cristalizado, mayor será su campo de resonancia mórfica.  En realidad, hace décadas que 

los químicos reconocen este hecho; y hasta ahora, su explicación era que diminutas 

partículas del nuevo compuesto iban del laboratorio en laboratorio a través de las barbas 

de los químicos. 

La revista inglesa  New Scientíst convocó en 1982 un concurso de experimentos para 

probar la hipótesis. El ganador fue un científico de Nottingham, que envió un poema tradicional turco junco con una versión desbaratada del mismo poema que seguía 

rimando —la resonancia mórfica tendría que hacer mucho más fácil, para quienes no 

sepan turco, aprender el poema verdadero—. La idea se puso en práctica con tres 

poemas enviados por un poeta japonés: uno era un poema conocido por miles de niños, 

los otros dos fueron especialmente compuestos con una estructura parecida al primero. 

En los experimentos, realizados en Gran Bretaña y Norteamérica, el 62% de los 

voluntarios encontraron más fácil de aprender el poema original (que no sabían cuál era). 

Si no existe la resonancia mórfica, la dificultad de aprender los poemas habría de ser la 

misma para los tres. 

En 1986, el Tarrytown Group de Nueva York concedió los premios de otro concurso. El 

primer premio, de 10.000 dólares, se repartió entre dos pruebas similares. Un psicólogo 

de Yale enseñó a estudiantes que no sabían hebreo palabras hebreas de tres letras, la 

mitad reales y la otra mitad falsas. Los estudiantes, que no sabían de qué iba el 

experimento, encontraron más familiares las palabras verdaderas. Por su parte un 

psicólogo inglés escogió palabras persas verdaderas y otras con letras mezcladas, y pidió 

a ochenta estudiantes que las dibujaran tras observarlas unos segundos. Ni ellos ni los 

jueces conocían el propósito del experimento, pero el 75% de los jueces consideraron 

mejor reproducidas las palabras verdaderas que las mezcladas. 

Se han realizado también detallados experimentos por televisión, que muestran que 

cuando millones de personas son informadas en un país, por ejemplo Inglaterra, de 

cuáles son las imágenes ocultas en un dibujo, a los grupos de control que hay en países 

lejanos se les hace mucho más fácil descubrirlas. Pese a lo sorprendente de estos 

resultados, Sheldrake todavía considera que «con una hipótesis tan radical, hacen falta 

pruebas más contundentes». 

Por otra parte, si la naturaleza evoluciona, ¿porqué no habrían de evolucionar también las 

leves de la naturaleza? ¿Por qué las leves que gobiernan el crecimiento de los naranjos 

tendrían que estar ahí antes de que existiesen los naranjos? En vez de leyes eternas e 

inmutables, Sheldrake plantea que las regularidades de la naturaleza podrían parecerse 

más a hábitos, que van modificándose lentamente con el tiempo. La hipótesis de este biólogo londinense también permite suponer que la memoria no 

estaría almacenada en el cerebro (los repetidos intentos de localizar rastros de ella nunca 

han dado resultado). La “Resonancia Mórfica” se basa en la similitud; más sintonizamos 

con un organismo del pasado cuanto más similares somos a él. Pero el organismo más 

parecido a nosotros que ha existido hace una hora o un año éramos nosotros mismos. 

«Somos más parecidos a cómo éramos nosotros mismos que a cualquier otro organismo; 

creo que eso implica que estamos específicamente sintonizados con nuestro pasado, y 

explica por qué nuestro pasado influye sobre nosotros». 

Pero también podríamos sintonizar con el inconsciente de otras personas, y ello nos 

acerca al inconsciente colectivo postulado por Jung. La sintonización por resonancia con 

la memoria reciente de otras personas puede igualmente dar explicación de fenómenos 

como la telepatía. Otro hecho curioso es que, si la resonancia mórfica facilita el 

aprendizaje, «en el presente siglo cada vez debería resultar más tácil aprender a ir en 

bicicleta, a conducir un automóvil, a tocar el piano o a utilizar una máquina de escribir, a 

causa de la resonancia mórfica acumulada de la gran cantidad de gente que ya ha 

adquirido estas habilidades». 

Todo ello significa un renacimiento del vitalismo en el cuerpo de la biología. En el terreno 

ético la resonancia mórfica también tiene poderosas implicaciones: «De acuerdo con la 

resonancia mórfica, nuestras ideas y actitudes pueden influir a distancia sobre otras 

personas, sin que ni ellas ni nosotros lo sepamos… Creo que la única solución a nuestros 

problemas es un cambio en nuestra manera de pensar y sentir… Si nos desesperamos, 

creyendo que nada podemos hacer, esta actitud puede extenderse e influir sobre otras 

personas… Pero si creemos en la posibilidad de una nueva manera de vivir, nuestras 

acciones serán más positivas, y puede que nuestro ánimo y esperanzas se transmitan a 

los demás». 

A este compromiso con la situación mundial Sheldrake añade una espiritualidad 

posiblemente brotada de su relación con Bede Griffiths. Al final de su segunda obra. La 

Presencia del Pasado (1989), más fácil de leer y más rica en ejemplos, señala que la 

ciencia no puede suministrar las explicaciones últimas: «Podríamos contemplar el origen del universo y la creatividad que contiene como un 

misterio impenetrable y dejarlo así. Si decidimos explorar más allá, nos encontramos con 

la presencia de varias antiguas tradiciones  de pensamiento sobre el origen creativo 

último, bien sea éste concebido como el Único, Brahma, el Vacío, el Tao, el Abrazo eterno 

de ShivayShakti o la Santa Trinidad. 

»En todas estas tradiciones, tarde o temprano llegamos a los limites del 

pensamiento conceptual, y también al reconocimiento de estos limites. 

Solamente la fe, el amor, la esencia mística, la contemplación, la iluminación o la 

gracia de Dios pueden llevarnos más allá.» 

La resonancia mórfica de Sheldrake, todavia pronto para considerarla confirmada, sigue 

despertando adhesiones y rechazos. Entre quienes han mostrado su interés figuran 

Bohm, Dossev, Grofv Wilber. Éste último escribia’ en [ 984, cuando apenas habían 

empezado los experimentos que la avalan: 

«Por diversas razones, considero que su hipótesis es una de las presentaciones 

científicas más innovadoras, cuidadosas v refrescantes de la última década, 

especialmente entre lo que se conoce como ciencia ‘nueva era’ (es decir, el intento de 

síntesis de ciencia empírica y tradiciones trascendentes). Por un lado, está escrita en un 

estilo extremadamente meticuloso y claro. Nada tiene que ver con las nociones ambiguas 

y medio hinchadas (¿o debería decir hinchadas del todo?) que parecen definir las típicas 

confesiones del «nuevo paradigma», la mayoría de las cuales no son ciencia ni arte, sino 

evasiones. Por otro lado, Sheldrake no suscribe la estupidez de moda de que la física en 

cierto modo es la piedra angular de la verdad; de hecho, él rehuye los enfoques 

exclusivamente físicos y, siguiendo a Whitehead y Bergson, busca en los sistemas 

vivientes o biológicos verdades más fundamentales (o ‘más elevadas’). A diferencia de 

Pribram, Zukav, el primer Capra, etc., Sheldrake rechaza considerar las interacciones 

físicas como paradigmáticas para el universo, y sus razones para este rechazo son una 

explicación clásica y elocuente de las limitaciones inherentes a extrapolar desde la física y 

la química al Mundo Entero. Finalmente, ya que afirma que es una teoría científica, hace 

lo que la mayoría de los científicos “nueva era” fallan en hacer: en la línea de Karl Popper, propone maneras no de probar su teoría (cualquiera puede soñar supuestas pruebas), 

sino de refutar potencialmente su teoría, que es lo único que define una hipótesis 

científica. ¡Qué refrescante caso de competencia! A pesar de mi agnosticismo provisional 

acerca de su conclusión (agnosticismo que él científicamente comparte), me tienta decir 

que, en Rupert Sheldrake, cenemos la emergencia de uno de los primeros genuinos 

científicos ‘nueva era’, v, en el espíritu de su propia filosofía, ésta es una emergencia 

creativa que aplaudo con entusiasmo».    

jaidefinichon:

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